Taxistas
Dada la naturaleza egocéntrica y de alguna manera resentida de este blog es evidente que surgirán a menudo asuntillos del pasado. No todo el despacharse a gusto va ser cosa del presente. Si hubiera querido ser amable, creed que hubiera buscado otro título. Pero no es así. Como dijo un legionario sobre un blindado en plena guerra de Bosnia, con tono un poco altanero y acento directo, rudo, y macarra: yo no estoy aquí para repartir magdalenas. Desde que ví aquello en un telediario he hecho de esta frase una de mis favoritas, para cansina desesperación de mis conocidos y cercanos. Pero estoy divagando, cosa que, me temo, sucederá con cierta frecuencia. Expongamos ahora lo que nos ocupa:
Sucedió que mi pobre abuelo, ahora fallecido, se rompió la cadera. Pasaba de ochente años, que se dice pronto, y tardó en ser tratado por los médicos sencillamente porque ocultó lo que había ocurrido. Cuando se descubrió, bueno, la lesión no era fácil de tratar. Y resultó que, con la cadera rota y la movilidad muy reducida, llegó a Almería, provincia donde residen mis padres.
Observen los potenciales lectores cómo vamos centrando la muestra de personas víctima de este escrito: taxistas, residentes en Almería, hará unos tres o cuatro años en el pasado.
Bien, mi abuelo incapacitado, bastón en mano, llegó a la estación multimodal de autobuses y trenes, para ser recogido por mi madre, que es su hija, pasito a pasito. Dolorosos pasitos en todo caso.
Quiso mi madre ahorrarse el trayecto desde la entrada de la estación hasta el aparcamiento. No es mucha, es verdad, pero para un anciano impedido y dolorido, bueno, era mejor no hacerla.
Quedó mi abuelo delante de la puerta de la estación, al filo de la acera, en espera de ser recogido por mi madre, que fue a buscar el coche al aparcamiento.
Pero el peligro acechaba, levemente indicado por unas señales pintadas en el suelo que avisaban de que ese lugar estaba reservado para TAXIS.
Creyó mi madre que el minuto para subir al anciano no molestaría demasiado, creyó, ingenua ella, que la más que evidente incapacidad del anciano despertaría la amabilidad de los honrados taxistas que, compadecidos, permitirían que mi abuelo subiera al vehículo. Pues no.
Nada más parar frente a mi abuelo, y apenas hubo salido del coche, acudieron a interpelarla dos taxistas cercanos, a los que se unieron otros cuatro hasta completar la media docena suficiente para sentirse seguros, no fuera que alguien se interpusiera entre ellos y sus presas. A grito pelado, interrumpiéndose al hablar incluso entre ellos, rodearon a mi madre (menos de un metro sesenta, complexión muy delgada) y a mi abuelo (metro cincuenta, ochenta años, bastón, fractura de cadera) y comenzaron a increparles con los típicos ademanes de acercamiento amenazador que del que tanto gustan ciertos machitos de tres al cuarto. Mi madre se disculpaba una y otra vez, con lágrimas de impotencia en los ojos (cuando lo vuelve a contar, le vuelven también a asomar las lágrimas, hoy día).
"Es un anciano, es un anciano" decía ella, tratando de defender a su padre.
Nada, la bronca y los insultos habían empezado. La manada neandertal cumplía su rito de grupo, inexorable. Al final mi abuelo y ella pudieron irse, claro, impotentes de rabia, dolidos, victimizados morales.
Bien, sé que la injusticia está a la orden del día y que esto que narro no es más que una mota de polvo en un mundo donde los Guantanamos, la delincuencia, y el hambre afectan a muchos seres humanos. Pero su naturaleza ofensiva e injusta es independiente de otras también ofensivas e injustas, aunque lo sean en mayor medida.
Pero ya tenemos centrado el blanco: taxistas, trabajando en Almería, hace menos de tres años, en la estación multimodal, de día. Lo expongo aquí por si alguno de aquellos malnacidos se reconoce aquí algún día, cosa que dudo, porque semajante gente no lee, y los ordenadores quedan lejos de sus inteligencias limitadas.
Precisaré que el término "malnacido" se suele usar en Almería con el significado de "tonto", asociado con el echo de que un mal parto puede conducir a la idiocia. Pero su significado real es otro, es el de mala persona, es el de aquellos que hubiera podido ahorrase la humanidad, porque con su presencia hacen peor este mundo. Malnacidos, pues.
Mis muy apreciados taxistas de la ciudad de Almería, amables protagonistas del suceso que he contado: ¡hay tantas cosas que debió haber hecho mi madre! Llamar a la Guardía Civil, por ejemplo, ya que su cuartel dista solo cincuenta metros de la estación (¿A que me conozco bien la ciudad? no en vano residí en ella catorce años, más o menos). Pudo mi madre denunciaros, pero ella no es de rencores. Pudo gritar pidiendo ayuda. Pudo poneros una reclamación. Pero en lugar de eso, deció contarmelo y tratar de olvidarlo. Lástima que yo no haya heredado estas magníficas cualidades suyas.
Taxistas de Almería protagonistas de hechos tan lamentables: yo os desprecio, sois la escoria de vuestra profesión, sois delincuentes encubiertos, sois miserables de mente y moral. Y sobre todo, y eso es lo que más me duele, sois cobardes. Estoy convencido, por completo, de que os lanzasteis a la agresión verbal y al abuso porque allí solo estaban una mujer pequeñita y un anciano indefenso, y vosotros, vosotros erais SEIS, varones, adultos, fuertes, en plenitud de vuestas capacidades. Cuanto lamento no haber estado allí, para ver si la intimidación se os daba igual de bien ante otros.
Pero no os procupéis, so cabrones, porque con esto ya os habéis presentado, y con esto ya os conozco. Conducid bien y tranquilos, y sed honrados y justos, los que sepáis, porque al más mínimo error yo sí os denunciaré, yo sí me enfrentaré, yo sí seré el observador que abogará porque os multen, os demanden, os retiren la licencia si procede. Y sí, en todos mis paseos por Almería, os miraré con atención. Eso es lo que voy a hacer, siempre que pueda. ¿Que no es mucho? ¿Que estas acciones dan risa? Niños, niños, no esperaréis que os amenace o algo así ¿verdad? No soy como vosotros, y eso es delito ¿Sabéis lo es un delito, pequeños capullos miserables? Sí, sí que lo sabéis. Insultar tambien, supongo, cuando es sobre personas reconocibles, o sobre colectivos completos. Pero aquí no hay ni lo uno ni lo otro. Solo algunos taxistas, minoriatrios, anónimos, despreciables, que tal vez algún día se encuentren en una situación parecida y se sientan indefensos y mal, se acuerden de mis palabras, porque dudo que se acuerden de sus propios actos. Ser imbecil es lo que tiene, con perdon de los imbéciles.
Sucedió que mi pobre abuelo, ahora fallecido, se rompió la cadera. Pasaba de ochente años, que se dice pronto, y tardó en ser tratado por los médicos sencillamente porque ocultó lo que había ocurrido. Cuando se descubrió, bueno, la lesión no era fácil de tratar. Y resultó que, con la cadera rota y la movilidad muy reducida, llegó a Almería, provincia donde residen mis padres.
Observen los potenciales lectores cómo vamos centrando la muestra de personas víctima de este escrito: taxistas, residentes en Almería, hará unos tres o cuatro años en el pasado.
Bien, mi abuelo incapacitado, bastón en mano, llegó a la estación multimodal de autobuses y trenes, para ser recogido por mi madre, que es su hija, pasito a pasito. Dolorosos pasitos en todo caso.
Quiso mi madre ahorrarse el trayecto desde la entrada de la estación hasta el aparcamiento. No es mucha, es verdad, pero para un anciano impedido y dolorido, bueno, era mejor no hacerla.
Quedó mi abuelo delante de la puerta de la estación, al filo de la acera, en espera de ser recogido por mi madre, que fue a buscar el coche al aparcamiento.
Pero el peligro acechaba, levemente indicado por unas señales pintadas en el suelo que avisaban de que ese lugar estaba reservado para TAXIS.
Creyó mi madre que el minuto para subir al anciano no molestaría demasiado, creyó, ingenua ella, que la más que evidente incapacidad del anciano despertaría la amabilidad de los honrados taxistas que, compadecidos, permitirían que mi abuelo subiera al vehículo. Pues no.
Nada más parar frente a mi abuelo, y apenas hubo salido del coche, acudieron a interpelarla dos taxistas cercanos, a los que se unieron otros cuatro hasta completar la media docena suficiente para sentirse seguros, no fuera que alguien se interpusiera entre ellos y sus presas. A grito pelado, interrumpiéndose al hablar incluso entre ellos, rodearon a mi madre (menos de un metro sesenta, complexión muy delgada) y a mi abuelo (metro cincuenta, ochenta años, bastón, fractura de cadera) y comenzaron a increparles con los típicos ademanes de acercamiento amenazador que del que tanto gustan ciertos machitos de tres al cuarto. Mi madre se disculpaba una y otra vez, con lágrimas de impotencia en los ojos (cuando lo vuelve a contar, le vuelven también a asomar las lágrimas, hoy día).
"Es un anciano, es un anciano" decía ella, tratando de defender a su padre.
Nada, la bronca y los insultos habían empezado. La manada neandertal cumplía su rito de grupo, inexorable. Al final mi abuelo y ella pudieron irse, claro, impotentes de rabia, dolidos, victimizados morales.
Bien, sé que la injusticia está a la orden del día y que esto que narro no es más que una mota de polvo en un mundo donde los Guantanamos, la delincuencia, y el hambre afectan a muchos seres humanos. Pero su naturaleza ofensiva e injusta es independiente de otras también ofensivas e injustas, aunque lo sean en mayor medida.
Pero ya tenemos centrado el blanco: taxistas, trabajando en Almería, hace menos de tres años, en la estación multimodal, de día. Lo expongo aquí por si alguno de aquellos malnacidos se reconoce aquí algún día, cosa que dudo, porque semajante gente no lee, y los ordenadores quedan lejos de sus inteligencias limitadas.
Precisaré que el término "malnacido" se suele usar en Almería con el significado de "tonto", asociado con el echo de que un mal parto puede conducir a la idiocia. Pero su significado real es otro, es el de mala persona, es el de aquellos que hubiera podido ahorrase la humanidad, porque con su presencia hacen peor este mundo. Malnacidos, pues.
Mis muy apreciados taxistas de la ciudad de Almería, amables protagonistas del suceso que he contado: ¡hay tantas cosas que debió haber hecho mi madre! Llamar a la Guardía Civil, por ejemplo, ya que su cuartel dista solo cincuenta metros de la estación (¿A que me conozco bien la ciudad? no en vano residí en ella catorce años, más o menos). Pudo mi madre denunciaros, pero ella no es de rencores. Pudo gritar pidiendo ayuda. Pudo poneros una reclamación. Pero en lugar de eso, deció contarmelo y tratar de olvidarlo. Lástima que yo no haya heredado estas magníficas cualidades suyas.
Taxistas de Almería protagonistas de hechos tan lamentables: yo os desprecio, sois la escoria de vuestra profesión, sois delincuentes encubiertos, sois miserables de mente y moral. Y sobre todo, y eso es lo que más me duele, sois cobardes. Estoy convencido, por completo, de que os lanzasteis a la agresión verbal y al abuso porque allí solo estaban una mujer pequeñita y un anciano indefenso, y vosotros, vosotros erais SEIS, varones, adultos, fuertes, en plenitud de vuestas capacidades. Cuanto lamento no haber estado allí, para ver si la intimidación se os daba igual de bien ante otros.
Pero no os procupéis, so cabrones, porque con esto ya os habéis presentado, y con esto ya os conozco. Conducid bien y tranquilos, y sed honrados y justos, los que sepáis, porque al más mínimo error yo sí os denunciaré, yo sí me enfrentaré, yo sí seré el observador que abogará porque os multen, os demanden, os retiren la licencia si procede. Y sí, en todos mis paseos por Almería, os miraré con atención. Eso es lo que voy a hacer, siempre que pueda. ¿Que no es mucho? ¿Que estas acciones dan risa? Niños, niños, no esperaréis que os amenace o algo así ¿verdad? No soy como vosotros, y eso es delito ¿Sabéis lo es un delito, pequeños capullos miserables? Sí, sí que lo sabéis. Insultar tambien, supongo, cuando es sobre personas reconocibles, o sobre colectivos completos. Pero aquí no hay ni lo uno ni lo otro. Solo algunos taxistas, minoriatrios, anónimos, despreciables, que tal vez algún día se encuentren en una situación parecida y se sientan indefensos y mal, se acuerden de mis palabras, porque dudo que se acuerden de sus propios actos. Ser imbecil es lo que tiene, con perdon de los imbéciles.

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