¡Qué han hecho con El País, tíos!
Por cierto, que con bastante dolor, no he terminado, mis comentarios prensiles. Yo, que conozco EL País Semanal desde hace la tira de años, que he crecido con él, casi lo he abandonado. ¿Los motivos? El cambio producido en él, la involución hacia al pijerismo pueril a lo largo de los años.
El País Semanal era del mismo corte que su papi, defensor de una izquiera moderada, un tanto obrero a veces, constitucional y democrático, pero dedicado al reportaje, y a contenidos de interés general no noticiable: algo de ropa y hogar, artículos con cierto desparpajo y sin pretensiones, suplemento infantil,... Pero su público ha debido hacerse el público del dinero, y sus editores, un elemento más del templo del dinero. La ropa ha dejado de ser normal, y no me refiero a las tallas preanorexicas patologizantes de sus modelos: directamente se ha vuelto de estética (y ética) pijina. Las casas que aparecen, cada vez más caras, con menos libros, mansiones de contenido posante-minimalista propias de quien tiene mucho, pero que muuucho dinero en un país donde la vivienda es un problema, perdón, un probleeeemaaaa. Muchos de sus articulistas se han perdido, y pocos de ellos siguen resultado interesantes. Y así podemos hablar de sus contenidos de salud, sexo, plantas, etc. Menos la página de humor, que directamente ha desaparecido y no ha quedado ni una triste viñeta. (Deberían obligar por ley a contratar a un humorista en cada publicación).
Pero lo que en realidad delata el cambio de público, que ha pasado del veinteañero activista al más que cuarenton acomodaticio, es la publicidad que trae.
En publicidad nada es casual. Nada. Todo está calculado: los elementos de la imagen, la colocación del producto, los colores,... Y dónde se inserta, por supuesto. El público objetivo, es decir, la mayoría de los que lean el anuncio, debe estar en condiciones de adquirir el producto, o el anuncio no tendría sentido y sería un desperdicio. Fíjensé, fíjense, amables lectores, en los anuncios de EPS (atención niños; las siglas de la modernidad): Cochazos de muchos miles de euros, y... ¡comidita para gatos de raza, con gambitas y todo! (varios de ellos, diferentes marcas) Es decir, de sus anuncios deduzco que el lector medio de El País no teien problemas de hipoteca, tiene ya casa, o apartamento en la playa, y pareja, puede permitirse más de un coche, puede llevar a sus hijos a colegios de pago más bien alto, y pueden tener un gato de varios cientos de euros y darle de comer latitas con cuyo precio se podría alimentar a un niño en Somalia durante una semana.
Caballeros, el mensaje está claro: la generación mileuros no tiene cabida en El País Semanal, aunque le dediquen algún reportajillo de vez en cuando. Los jóvenes solo tienen cabida si son potenciales consumidores de caprichos, no lectores críticos. No nos quieren como lectores, nos quieren como compradores, sobre todo de los cacharritos coleccionables en feroz carrera; desde películas hasta yo que se qué.
Olvidan estos negociantes que al comprador del periódico hay que hacerle lector si se le quiere ganar, si no, se olvidará del periódico y preferirá internet. Como ya le ocurre a la generación veinteañera descendiente de los propietarios de gatos de lujo, carne de veterinario los pobres (los gatos, quiero decir). Sí amigos: los hijos de vuestros lectores de antaño ya no os leen, porque, en general, no leen. Y menos el periódico. ¿Hasta cuando los podréis tentar con colecionables, en un mercado sobresaturado de ellos? Quemad vuestras naves en el templo del librecambismo, y seguid adelante, que os estáis cubriendo de gloria.
Un saludo,
S.
P.D: sí, la gente puede gastar su dinero como quiera, incluido en un gato de lujo, alérgico al gluten y a la soja, que haya que alimentar con potitos para bebés. No me meto con eso, que es la libertad de la gente. Me meto con que la predominancia del artículo superfluo, tan alejado del de las necesidades, significa que la clase social que antes quería cambiar el mundo para mejor ahora es la que lo mantiene para su exclusivo beneficio. Y eso se refleja en el espírito del periódico, si es que le queda alguno. No servirá para mantener este espíritu la presencia gratificante de Juan José Millás, o de Javier Marías, y algún reportaje de consuelo sobre parejas homosexuales o jóvenes esperanzados de vez en cuando. No. La evolución social es otra cosa, más que poder permitirse lujos.
El País Semanal era del mismo corte que su papi, defensor de una izquiera moderada, un tanto obrero a veces, constitucional y democrático, pero dedicado al reportaje, y a contenidos de interés general no noticiable: algo de ropa y hogar, artículos con cierto desparpajo y sin pretensiones, suplemento infantil,... Pero su público ha debido hacerse el público del dinero, y sus editores, un elemento más del templo del dinero. La ropa ha dejado de ser normal, y no me refiero a las tallas preanorexicas patologizantes de sus modelos: directamente se ha vuelto de estética (y ética) pijina. Las casas que aparecen, cada vez más caras, con menos libros, mansiones de contenido posante-minimalista propias de quien tiene mucho, pero que muuucho dinero en un país donde la vivienda es un problema, perdón, un probleeeemaaaa. Muchos de sus articulistas se han perdido, y pocos de ellos siguen resultado interesantes. Y así podemos hablar de sus contenidos de salud, sexo, plantas, etc. Menos la página de humor, que directamente ha desaparecido y no ha quedado ni una triste viñeta. (Deberían obligar por ley a contratar a un humorista en cada publicación).
Pero lo que en realidad delata el cambio de público, que ha pasado del veinteañero activista al más que cuarenton acomodaticio, es la publicidad que trae.
En publicidad nada es casual. Nada. Todo está calculado: los elementos de la imagen, la colocación del producto, los colores,... Y dónde se inserta, por supuesto. El público objetivo, es decir, la mayoría de los que lean el anuncio, debe estar en condiciones de adquirir el producto, o el anuncio no tendría sentido y sería un desperdicio. Fíjensé, fíjense, amables lectores, en los anuncios de EPS (atención niños; las siglas de la modernidad): Cochazos de muchos miles de euros, y... ¡comidita para gatos de raza, con gambitas y todo! (varios de ellos, diferentes marcas) Es decir, de sus anuncios deduzco que el lector medio de El País no teien problemas de hipoteca, tiene ya casa, o apartamento en la playa, y pareja, puede permitirse más de un coche, puede llevar a sus hijos a colegios de pago más bien alto, y pueden tener un gato de varios cientos de euros y darle de comer latitas con cuyo precio se podría alimentar a un niño en Somalia durante una semana.
Caballeros, el mensaje está claro: la generación mileuros no tiene cabida en El País Semanal, aunque le dediquen algún reportajillo de vez en cuando. Los jóvenes solo tienen cabida si son potenciales consumidores de caprichos, no lectores críticos. No nos quieren como lectores, nos quieren como compradores, sobre todo de los cacharritos coleccionables en feroz carrera; desde películas hasta yo que se qué.
Olvidan estos negociantes que al comprador del periódico hay que hacerle lector si se le quiere ganar, si no, se olvidará del periódico y preferirá internet. Como ya le ocurre a la generación veinteañera descendiente de los propietarios de gatos de lujo, carne de veterinario los pobres (los gatos, quiero decir). Sí amigos: los hijos de vuestros lectores de antaño ya no os leen, porque, en general, no leen. Y menos el periódico. ¿Hasta cuando los podréis tentar con colecionables, en un mercado sobresaturado de ellos? Quemad vuestras naves en el templo del librecambismo, y seguid adelante, que os estáis cubriendo de gloria.
Un saludo,
S.
P.D: sí, la gente puede gastar su dinero como quiera, incluido en un gato de lujo, alérgico al gluten y a la soja, que haya que alimentar con potitos para bebés. No me meto con eso, que es la libertad de la gente. Me meto con que la predominancia del artículo superfluo, tan alejado del de las necesidades, significa que la clase social que antes quería cambiar el mundo para mejor ahora es la que lo mantiene para su exclusivo beneficio. Y eso se refleja en el espírito del periódico, si es que le queda alguno. No servirá para mantener este espíritu la presencia gratificante de Juan José Millás, o de Javier Marías, y algún reportaje de consuelo sobre parejas homosexuales o jóvenes esperanzados de vez en cuando. No. La evolución social es otra cosa, más que poder permitirse lujos.

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