House
Parece mentira cómo pueden concurrir simultáneamente la petición pública de un trato más humano por parte de los sistemas sanitarios y la clase médica junto con el alzamiento a los altares de la fama de un personaje como el Doctor House. No puede ocultarse, no, con la vana excusa de que se trata de una crítica a los sujetos prepotentes que, escudados de bata y título, atropellan a sus pacientes o compañeros. No puede porque queda claro que el Doctor H. nos hace gracia, y mucha, dentro de su dañino patetismo, pero muy poca nos haría ser tratados de la manera que los guionistas, eso sí, con ingenio, le hacen comportarse.
Y es que, el doctor House resulta ser un anti-médico, o más bien, un mecánico, llevado hasta cierto extremo pero muy similar a los que con frecuencia encuentran los dolientes: expertos sagaces en su ars medica, mientras esta sea tangible en forma de huesos, fluidos, y química, pero negados hasta el ridículo en cuanto tratan los intangibles: el significado del dolor para las personas, la pérdida de la salud como pérdida fundamental en nuestras vidas, y la muerte.
Y es que, no hace falta ser el doctor House para provocar, acrecentar el sufrimiento, o por omisión no paliarlo, simplemente usando la palabra como arma. Para un médico, dominante de la jerga propia, le es muy fácil llamar ignorante a otra persona, e indirectamente aludir a su menor capacitación. Puede, y suele, usar dos sistemas: o recurrir al tecnicismo abusivo hasta llegar a lo hermético, o recurrir al paternalismo de primera cartilla de manera que el interlocutor se vea tratado como un retrasado profundo. Además, cualquiera de los dos formatos pueden aliñarse con el “yo tengo razón porque soy El Médico”.
Y ese es el personaje que nos hace tanta gracia. Nos dicen críticos de televisión y comentaristas varios que lo que padece House es “brutal sinceridad”. Nada más falso, por supuesto. La sinceridad es una cosa, y el espetar el corte verbal como forma de ordenar al mundo a la manera del egoísmo es otro. El asunto no es decir o no la verdad, que debe decirse, sino decirla bien colocadita en un contexto y en un tiempo, y acompañada de la una entonación, formato, orden de palabras a juego de forma que sirva para hacer daño o, bien, por omisión, que ese daño nos importe un bledo. Esto último es lo que hace House, (y sus maestros y aprendices de la cruel realidad).
Podría ser cuantificable, desde luego, el daño del doctor House. Se podría medir el daño provocado por el deterioro del clima laboral, en forma de bajas, enfermedades psicosomáticas o errores el las tareas de sus colaboradores. Se podría medir, desde luego, la escasa adherencia al tratamiento de sus pacientes sencillamente asociada a su forma de decir las cosas. (Es decir, si nos tenemos que tomar x pastillas en y tomas durante un tiempo z ¿hacemos más caso al médico que nos ha convencido de ello o al que nos lo ha ordenado?)
De alguna manera los guionistas salvan al personaje House: lo sitúan en un punto de patetismo que lo hace ridículo. Algunos de sus colegas le dicen las verdades del barquero (de vez en cuando), y en ocasiones se le encuentran miradas de cierto desamparo que quizá pretenden transmitir que por dentro es frágil. Pero mientras, en medio de la ensalada de fintas y agudezas, el personaje se ha hecho atractivo: se envidia su dominio, su poder, su firmeza y su mala leche. Sobre todo su poder, que consiste en mala uva. Poco nos fijamos en la soledad lamentable que aparece en el Dr. H., muy demorada en aparecer en escena, arrastrados como estamos por el deslumbrante “¡Hala, lo que le ha dicho!”. Y ese es el peligro. El abuso del estereotipo conduce a que sea este lo que se espere. Y me temo que no, que no debemos esperar eso. Ni la mitad de eso, ni un cuarto, en ningún médico.
Para hacer honor a la justicia, diremos que es el ambientazo excesivamente mecanicista, y limitado a lo que podemos palpar o pesar, combinado por la sociedad de consumo exaltadora de lo rápido y económico el que provoca los Houses, y los remedos de Houses, y los pacientes tolerantes con ellos. También son los médicos víctimas de las imperfecciones mercantilistas, claro.
Por todos los hospitales de España hay carteles advirtiendo de que, en caso de agresión o amenazas, el Colegio de Médicos se personará como acusación contra el paciente exaltado: el personal sanitario está harto de ser agredido. Y tienen razón. Pero ¡cuantas agresiones se ahorrarían si supieran tratar a la gente o si dispusieran de más medios o formación sobre como hacerlo! Salvo excepciones, me resisto a creer que las situaciones violentas ante las que se encuentran no sean solucionables por medio de diez minutos más de adecuada escucha, empatía y negociación. Pero claro, resulta más fácil actuar como un mecánico, olvidar que se tiene delante a una persona y, sobre todo, situarla en el papel de potencial enemigo, que es lo que hace el cartelito de marras. Desde el principio, separa clases sociales, coloca a la gente en una posición de win-lose, y amenaza ¡incluso antes de merecer la coerción! Desde luego, el sistema reducirá las agresiones, pero es más probable que las que se produzcan sean más graves. Vamos, que House puede ser House todo el día si uno es medico, pero el paciente no puede ser House ni medio minuto, porque entonces ¡el engranaje del sistema caerá sobre él!
Sí, ese es el camino desde luego, Llegaremos lejos con él.
La tarea del médico es loable y agotadora, y son seres humanos, después de todo, pero el que parte de una situación de indefensión y de dependencia es el paciente. No lo olvidemos. Ah, y a House le pueden dar por saco, que yo me quedo leyendo un libro.
Buenas noches.
Y es que, el doctor House resulta ser un anti-médico, o más bien, un mecánico, llevado hasta cierto extremo pero muy similar a los que con frecuencia encuentran los dolientes: expertos sagaces en su ars medica, mientras esta sea tangible en forma de huesos, fluidos, y química, pero negados hasta el ridículo en cuanto tratan los intangibles: el significado del dolor para las personas, la pérdida de la salud como pérdida fundamental en nuestras vidas, y la muerte.
Y es que, no hace falta ser el doctor House para provocar, acrecentar el sufrimiento, o por omisión no paliarlo, simplemente usando la palabra como arma. Para un médico, dominante de la jerga propia, le es muy fácil llamar ignorante a otra persona, e indirectamente aludir a su menor capacitación. Puede, y suele, usar dos sistemas: o recurrir al tecnicismo abusivo hasta llegar a lo hermético, o recurrir al paternalismo de primera cartilla de manera que el interlocutor se vea tratado como un retrasado profundo. Además, cualquiera de los dos formatos pueden aliñarse con el “yo tengo razón porque soy El Médico”.
Y ese es el personaje que nos hace tanta gracia. Nos dicen críticos de televisión y comentaristas varios que lo que padece House es “brutal sinceridad”. Nada más falso, por supuesto. La sinceridad es una cosa, y el espetar el corte verbal como forma de ordenar al mundo a la manera del egoísmo es otro. El asunto no es decir o no la verdad, que debe decirse, sino decirla bien colocadita en un contexto y en un tiempo, y acompañada de la una entonación, formato, orden de palabras a juego de forma que sirva para hacer daño o, bien, por omisión, que ese daño nos importe un bledo. Esto último es lo que hace House, (y sus maestros y aprendices de la cruel realidad).
Podría ser cuantificable, desde luego, el daño del doctor House. Se podría medir el daño provocado por el deterioro del clima laboral, en forma de bajas, enfermedades psicosomáticas o errores el las tareas de sus colaboradores. Se podría medir, desde luego, la escasa adherencia al tratamiento de sus pacientes sencillamente asociada a su forma de decir las cosas. (Es decir, si nos tenemos que tomar x pastillas en y tomas durante un tiempo z ¿hacemos más caso al médico que nos ha convencido de ello o al que nos lo ha ordenado?)
De alguna manera los guionistas salvan al personaje House: lo sitúan en un punto de patetismo que lo hace ridículo. Algunos de sus colegas le dicen las verdades del barquero (de vez en cuando), y en ocasiones se le encuentran miradas de cierto desamparo que quizá pretenden transmitir que por dentro es frágil. Pero mientras, en medio de la ensalada de fintas y agudezas, el personaje se ha hecho atractivo: se envidia su dominio, su poder, su firmeza y su mala leche. Sobre todo su poder, que consiste en mala uva. Poco nos fijamos en la soledad lamentable que aparece en el Dr. H., muy demorada en aparecer en escena, arrastrados como estamos por el deslumbrante “¡Hala, lo que le ha dicho!”. Y ese es el peligro. El abuso del estereotipo conduce a que sea este lo que se espere. Y me temo que no, que no debemos esperar eso. Ni la mitad de eso, ni un cuarto, en ningún médico.
Para hacer honor a la justicia, diremos que es el ambientazo excesivamente mecanicista, y limitado a lo que podemos palpar o pesar, combinado por la sociedad de consumo exaltadora de lo rápido y económico el que provoca los Houses, y los remedos de Houses, y los pacientes tolerantes con ellos. También son los médicos víctimas de las imperfecciones mercantilistas, claro.
Por todos los hospitales de España hay carteles advirtiendo de que, en caso de agresión o amenazas, el Colegio de Médicos se personará como acusación contra el paciente exaltado: el personal sanitario está harto de ser agredido. Y tienen razón. Pero ¡cuantas agresiones se ahorrarían si supieran tratar a la gente o si dispusieran de más medios o formación sobre como hacerlo! Salvo excepciones, me resisto a creer que las situaciones violentas ante las que se encuentran no sean solucionables por medio de diez minutos más de adecuada escucha, empatía y negociación. Pero claro, resulta más fácil actuar como un mecánico, olvidar que se tiene delante a una persona y, sobre todo, situarla en el papel de potencial enemigo, que es lo que hace el cartelito de marras. Desde el principio, separa clases sociales, coloca a la gente en una posición de win-lose, y amenaza ¡incluso antes de merecer la coerción! Desde luego, el sistema reducirá las agresiones, pero es más probable que las que se produzcan sean más graves. Vamos, que House puede ser House todo el día si uno es medico, pero el paciente no puede ser House ni medio minuto, porque entonces ¡el engranaje del sistema caerá sobre él!
Sí, ese es el camino desde luego, Llegaremos lejos con él.
La tarea del médico es loable y agotadora, y son seres humanos, después de todo, pero el que parte de una situación de indefensión y de dependencia es el paciente. No lo olvidemos. Ah, y a House le pueden dar por saco, que yo me quedo leyendo un libro.
Buenas noches.

1 Comments:
JO!!
Magnífico, Marcos. Te has lucido...
Opino lo mismo que tu, aunque no ... tan fervientemente xD.
Pero es un texto a tatuarse. Por lo menos yo lo he guardado a buen recaudo. Escribes muy bien. :-)
Un beso desde Nindamos
Môrniel
By
darksidegirl, at 5:31 p. m.
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