El Papa y la Mentira.
Viene a España el Sr. Ratzinger, a quien no quiero referirme en demasía por su título ya que no nos conocemos y no veo que él vaya a tener la oportunidad de referirse a mí por los míos. Así que lo dejaremos en Sr. Ratzinger, y aquí paz y después gloria. Pues eso, que llega esta persona mitrada de visita, envuelto en la aureola de la mentira, loor de multitudes, y olor de falsedades, me temo. Porque resulta que el Sr. Ratzinger ha pronunciado palabras incompatibles con los hechos, y ahí se le ha visto el plumero.
Cuando fue elegido por votos de hombres pecadores (dudo mucho que el espíritu santo aparezca así como así solo porque la bien alimentada jerarquía lo invoque: sospecho que es más fácil que aparezca en las fabelas desnutridas o en el África depauperada) se apresuró a mostrar su asombro: Oh, no me lo esperaba, cuanto honor recae sobre mi cabeza. ¡Qué sorpresa! No soy digno… Pero resulta que el caballero llevaba meses contactando con obispos y cardenales tratando de recabar o sopesar posibles apoyos. Y esto ha sido confesado por la propia Iglesia (en prensa). Así que ¡de sorpresa nada! Optó al cargo desde el principio y sabía muy bien que tenía posibilidades. Así que ¿para qué mentirnos? ¿Para quedar bien? ¿Desde cuando le importó eso a su jefe, el bueno de J.C.? Así que aparece el Sr. Ratzinger envuelto en la mentira. Mal asunto, mal asunto. Porque, como dice mi admirado Merlín en Excalibur “Cuando un hombre miente, mata una parte del mundo”. ¡Cuanto más mata el mundo su quien miente debería ser el adalid de la verdad!
Vaya historial el del Sr. Ratzinger, tonteando con el nazismo en u juventud. No basta arrepentimiento y visitas a campos de concentración, la mujer del cesar no solo debe ser honesta, debe también parecerlo. Y este hombre no lo parece, aunque la campaña de lavado de cara ya haya comenzado.
¿Y su persecución de los teólogos de la Liberación, defensores de los pobres? Expulsados de sus cátedras, alejados, ninguneados, destinados a puestos irrelevantes: sin peligro. Supongo que no fueron encarcelados (o quemados) porque el este siglo eso está muy mal visto, incluso para la Congregación para la Doctrina de la Fe, otrora alias Santa Inquisición, por cierto, que el Sr. Ratzinger dirigió durante años con mano de hierro.
Aprovecho la carrerilla de esta entrada para declarar dos cosas:
La primera, que la pena de muerte es inadmisible, en ninguna circunstancia, absolutamente ninguna. Es inadmisible y es un crimen, y así debería constar en el catecismo de la Iglesia Católica, en lugar de lo que consta ahora, de suavidad untosa y comprensión de seda. (Quien quiera puede consultarlo). Sr. Ratzinger, deje de aliarse con el asesinato. Condene la pena muerte sin circunloquios ni excepciones: queremos un texto tajante al respecto, ya.
Y la segunda, que la homosexualidad NO es una enfermedad, ni un desorden, ni ningún otro tipo de eufemismo. Es una opción sexual que no hace a nadie ni mejor ni peor persona. Ya está bien de cargar contra una población que ha sido injustamente perseguida durante siglos, y aún lo es. Es esta actitud de paternalismo regañón y condenante la que da alas a los fascistas.
Por cierto, antes de terminar (el tiempo se me agota, aunque no las críticas) me gustaría llamar la atención sobre la inquietante tendencia de la Iglesia a santificar a Juan Pablo II. En la antigua Roma cuando moría un emperador se apresuraba su sucesor a elevarlo a los altares de los dioses. Veo que ese mal vicio se extiende, y su significado es eso, inquietante.
Un saludo.
Cuando fue elegido por votos de hombres pecadores (dudo mucho que el espíritu santo aparezca así como así solo porque la bien alimentada jerarquía lo invoque: sospecho que es más fácil que aparezca en las fabelas desnutridas o en el África depauperada) se apresuró a mostrar su asombro: Oh, no me lo esperaba, cuanto honor recae sobre mi cabeza. ¡Qué sorpresa! No soy digno… Pero resulta que el caballero llevaba meses contactando con obispos y cardenales tratando de recabar o sopesar posibles apoyos. Y esto ha sido confesado por la propia Iglesia (en prensa). Así que ¡de sorpresa nada! Optó al cargo desde el principio y sabía muy bien que tenía posibilidades. Así que ¿para qué mentirnos? ¿Para quedar bien? ¿Desde cuando le importó eso a su jefe, el bueno de J.C.? Así que aparece el Sr. Ratzinger envuelto en la mentira. Mal asunto, mal asunto. Porque, como dice mi admirado Merlín en Excalibur “Cuando un hombre miente, mata una parte del mundo”. ¡Cuanto más mata el mundo su quien miente debería ser el adalid de la verdad!
Vaya historial el del Sr. Ratzinger, tonteando con el nazismo en u juventud. No basta arrepentimiento y visitas a campos de concentración, la mujer del cesar no solo debe ser honesta, debe también parecerlo. Y este hombre no lo parece, aunque la campaña de lavado de cara ya haya comenzado.
¿Y su persecución de los teólogos de la Liberación, defensores de los pobres? Expulsados de sus cátedras, alejados, ninguneados, destinados a puestos irrelevantes: sin peligro. Supongo que no fueron encarcelados (o quemados) porque el este siglo eso está muy mal visto, incluso para la Congregación para la Doctrina de la Fe, otrora alias Santa Inquisición, por cierto, que el Sr. Ratzinger dirigió durante años con mano de hierro.
Aprovecho la carrerilla de esta entrada para declarar dos cosas:
La primera, que la pena de muerte es inadmisible, en ninguna circunstancia, absolutamente ninguna. Es inadmisible y es un crimen, y así debería constar en el catecismo de la Iglesia Católica, en lugar de lo que consta ahora, de suavidad untosa y comprensión de seda. (Quien quiera puede consultarlo). Sr. Ratzinger, deje de aliarse con el asesinato. Condene la pena muerte sin circunloquios ni excepciones: queremos un texto tajante al respecto, ya.
Y la segunda, que la homosexualidad NO es una enfermedad, ni un desorden, ni ningún otro tipo de eufemismo. Es una opción sexual que no hace a nadie ni mejor ni peor persona. Ya está bien de cargar contra una población que ha sido injustamente perseguida durante siglos, y aún lo es. Es esta actitud de paternalismo regañón y condenante la que da alas a los fascistas.
Por cierto, antes de terminar (el tiempo se me agota, aunque no las críticas) me gustaría llamar la atención sobre la inquietante tendencia de la Iglesia a santificar a Juan Pablo II. En la antigua Roma cuando moría un emperador se apresuraba su sucesor a elevarlo a los altares de los dioses. Veo que ese mal vicio se extiende, y su significado es eso, inquietante.
Un saludo.

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