G. Grass y los fantasmas del pasado.
Claman las almas de la derecha creyente católica anunciando cuan rápido perdonamos los izquierdosos al señor Gunter Grass por su pasado adolescente en las SS, mientas denostamos al Sr. Ratzinger por lo mismo.
Leída la declaración del Sr. Grass, encuentro la diferencia de que mientas uno trató de alistarse en submarinos y le cayó la china de las SS, el otro, el que es Papa, se presentó alegremente al cuerpo asesino.
Pero existe un resquicio de razón en la afirmación de estas almas crédulas. No debemos lanzarnos a perdonar ni a condenar sin contextualizar. Dentro del contexto de la Alemania dominada por el nazismo era muy fácil, sumamente fácil, para cualquier joven sentirse atraído por su ejercito. Toda la parafernalia propagandística estaba diseñada para exaltar unas emociones muy concretas: la estética se zampaba a la ética, y todo se dirigía al desastre. Eso, y la tendencia a la obediencia del ciudadano, como demostró Millgram con su experimento de los falsos calambrazos (Por simplificar el fenómeno). Casi cualquiera podía haber caído.
Pero no trato de justificar a ninguno de ellos... Por ahora.
Antes de perdonar a ninguno, añadamos un poco de reflexión, que no tanto de comparación, aunque esta se dará inevitablemente.
Cuando uno mete la pata hasta el fondo, lo suyo es reconocerlo. R. no lo reconoce demasiado, no aparecen sus cartas de perdón (aunque puede que las haya, yo no las he visto). Pasa el tiempo, y R alcanza un título en la Tierra que equivale a un auténtico juez moral: lo que él diga, va a misa. Será ejemplo para millones de personas, y referencia de pensamiento. Va con el cargo, independientemente de si es un erudito o un necio. Se le otorga y ya lo tiene. No se pregunta casi el seguidor si debe seguirle: el cargo le ha absuelto de toda culpa. Las críticas pueden combatirse alegando juventud, ambiente, y demás. La conciencia está tranquila.
Cuando se mete la pata hasta el fondo, lo suyo es reconocerlo. G. Lo reconoce, cargado de tardanza. Hay cartas de perdón, hay una confesión pública. Su título de autoridad moral no es por ningún puesto: se lo ha ganado a pulso con su escritos y es extraoficial. Se le sigue o se le critica, desde lo literario a lo personal. Será ejemplo para bastantes personas, pero lo será exclusivamente tras haberle leído y aprobado lo suficiente sus planteamientos. Si no, será uno más. Tendrá, antes de ser seguido, que demostrar que no es un necio. Su cargo extraoficial de conciencia de occidente, nunca le absolverá lo suficiente. Las criticas, pueden combatirse alegando juventud, ambiente, y demás. La conciencia, no está tranquila, pero puede seguir adelante, puesto que sus ideas importantes siguen siendo salvables.
Así, cuando la sombra del pasado cae sobre Ratzinger, sus seguidores permanecen en gran medida inconmovibles: debe ser disculpado. No se distingue si se sigue a la persona o a sus ideas.
Cuando la sombra cae sobre Grass, los coincidentes con sus ideas (que no con su persona ni con su “cargo”) se agitan. Se detienen, se lo piensan, se decepcionan, tiemblan sintiendo el peso de la falta de confianza y de la ocultación de algo que, para nosotros, era de vital importancia. Reflexionamos, juzgamos si el Sr. Grass debe permanecer como modelo de pensamiento. Y tras eso, solo tras eso, podemos disculpar.
Ahí está la diferencia, almas crédulas, almas de cántaro. No está en el Sr. Grass ni en el Sr. Ratzinger, está en como, quienes, y porqué se le perdona.
No siente la amenaza del desamparo moral quien sigue a R. a pasar de su pasado. Sí lo siente quien sigue las ideas de G.
El perdón a R. es incondicional, aunque presida una organización que, habiendo sido cómplice de los asesinos con su silencio, aún perdura.
El perdón a G. es con condiciones previas: antes queremos saber los porqués, para reflexionar nuestra respuesta. Y nunca G. presidirá una organización dogmática.
Quizá no haya una gran diferencia entre la conducta de R. y la de G. en tiempos del nazismo. Pero desde luego sí que la hay entre quienes podemos o no perdonar.
R. defiende el dogma., G. defiende el pensamiento crítico. Los aprendices de la reflexión juzgan al supuesto maestro, y solo tras la crítica perdonarán. Los aprendices del dogma, perdonarán solo por que hay que hacerlo. Cada uno ha aprendido bien sus lecciones, pero solo los del pensamiento crítico, que contempla todas las dudas y las posibilidades, tienen derecho a perdonar.
Por eso, sí, se perdona a Grass su pasado débil y lamentable. No se perdona demasiado por ahora, el retraso en la confesión. Y se salvan sus ideas cuando valen, solo cuando valen.
Y no se perdona por ahora a Ratzinger, porque el dogma tiende a negar el pensamiento crítico, que es la fuente del perdón real y debe darse antes de la disculpa incondicional.
Los izquierdosos podemos perdonar a Grass, una vez comprendamos y sepamos. Y cuando disculpamos lo hacemos solo cuando ya podemos.
Leída la declaración del Sr. Grass, encuentro la diferencia de que mientas uno trató de alistarse en submarinos y le cayó la china de las SS, el otro, el que es Papa, se presentó alegremente al cuerpo asesino.
Pero existe un resquicio de razón en la afirmación de estas almas crédulas. No debemos lanzarnos a perdonar ni a condenar sin contextualizar. Dentro del contexto de la Alemania dominada por el nazismo era muy fácil, sumamente fácil, para cualquier joven sentirse atraído por su ejercito. Toda la parafernalia propagandística estaba diseñada para exaltar unas emociones muy concretas: la estética se zampaba a la ética, y todo se dirigía al desastre. Eso, y la tendencia a la obediencia del ciudadano, como demostró Millgram con su experimento de los falsos calambrazos (Por simplificar el fenómeno). Casi cualquiera podía haber caído.
Pero no trato de justificar a ninguno de ellos... Por ahora.
Antes de perdonar a ninguno, añadamos un poco de reflexión, que no tanto de comparación, aunque esta se dará inevitablemente.
Cuando uno mete la pata hasta el fondo, lo suyo es reconocerlo. R. no lo reconoce demasiado, no aparecen sus cartas de perdón (aunque puede que las haya, yo no las he visto). Pasa el tiempo, y R alcanza un título en la Tierra que equivale a un auténtico juez moral: lo que él diga, va a misa. Será ejemplo para millones de personas, y referencia de pensamiento. Va con el cargo, independientemente de si es un erudito o un necio. Se le otorga y ya lo tiene. No se pregunta casi el seguidor si debe seguirle: el cargo le ha absuelto de toda culpa. Las críticas pueden combatirse alegando juventud, ambiente, y demás. La conciencia está tranquila.
Cuando se mete la pata hasta el fondo, lo suyo es reconocerlo. G. Lo reconoce, cargado de tardanza. Hay cartas de perdón, hay una confesión pública. Su título de autoridad moral no es por ningún puesto: se lo ha ganado a pulso con su escritos y es extraoficial. Se le sigue o se le critica, desde lo literario a lo personal. Será ejemplo para bastantes personas, pero lo será exclusivamente tras haberle leído y aprobado lo suficiente sus planteamientos. Si no, será uno más. Tendrá, antes de ser seguido, que demostrar que no es un necio. Su cargo extraoficial de conciencia de occidente, nunca le absolverá lo suficiente. Las criticas, pueden combatirse alegando juventud, ambiente, y demás. La conciencia, no está tranquila, pero puede seguir adelante, puesto que sus ideas importantes siguen siendo salvables.
Así, cuando la sombra del pasado cae sobre Ratzinger, sus seguidores permanecen en gran medida inconmovibles: debe ser disculpado. No se distingue si se sigue a la persona o a sus ideas.
Cuando la sombra cae sobre Grass, los coincidentes con sus ideas (que no con su persona ni con su “cargo”) se agitan. Se detienen, se lo piensan, se decepcionan, tiemblan sintiendo el peso de la falta de confianza y de la ocultación de algo que, para nosotros, era de vital importancia. Reflexionamos, juzgamos si el Sr. Grass debe permanecer como modelo de pensamiento. Y tras eso, solo tras eso, podemos disculpar.
Ahí está la diferencia, almas crédulas, almas de cántaro. No está en el Sr. Grass ni en el Sr. Ratzinger, está en como, quienes, y porqué se le perdona.
No siente la amenaza del desamparo moral quien sigue a R. a pasar de su pasado. Sí lo siente quien sigue las ideas de G.
El perdón a R. es incondicional, aunque presida una organización que, habiendo sido cómplice de los asesinos con su silencio, aún perdura.
El perdón a G. es con condiciones previas: antes queremos saber los porqués, para reflexionar nuestra respuesta. Y nunca G. presidirá una organización dogmática.
Quizá no haya una gran diferencia entre la conducta de R. y la de G. en tiempos del nazismo. Pero desde luego sí que la hay entre quienes podemos o no perdonar.
R. defiende el dogma., G. defiende el pensamiento crítico. Los aprendices de la reflexión juzgan al supuesto maestro, y solo tras la crítica perdonarán. Los aprendices del dogma, perdonarán solo por que hay que hacerlo. Cada uno ha aprendido bien sus lecciones, pero solo los del pensamiento crítico, que contempla todas las dudas y las posibilidades, tienen derecho a perdonar.
Por eso, sí, se perdona a Grass su pasado débil y lamentable. No se perdona demasiado por ahora, el retraso en la confesión. Y se salvan sus ideas cuando valen, solo cuando valen.
Y no se perdona por ahora a Ratzinger, porque el dogma tiende a negar el pensamiento crítico, que es la fuente del perdón real y debe darse antes de la disculpa incondicional.
Los izquierdosos podemos perdonar a Grass, una vez comprendamos y sepamos. Y cuando disculpamos lo hacemos solo cuando ya podemos.

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